El avance de los incendios forestales en el sur argentino vuelve a poner en primer plano las limitaciones estructurales del Estado frente a eventos climáticos cada vez más extremos. Más allá de la emergencia, el fuego reabre un debate que se repite cada verano y rara vez encuentra respuestas de fondo.
El mapa del sur argentino vuelve a teñirse de rojo. En distintos puntos de la Patagonia, los incendios en la Patagonia avanzan sobre miles de hectáreas y reabren un debate que se repite cada verano, pero que rara vez se salda: la capacidad real de prevención, respuesta y planificación frente a eventos climáticos cada vez más extremos.
Durante las últimas semanas, el foco estuvo puesto en áreas rurales y boscosas de la provincia de Chubut, donde el fuego obligó a desplegar brigadas, asistencia aérea y coordinación interjurisdiccional. A las altas temperaturas y la sequedad del terreno se sumaron ráfagas de viento que dificultaron el control de las llamas, un combo que ya no resulta excepcional sino parte de una nueva normalidad climática.
Un patrón que se repite en los incendios patagónicos
Más allá del número de hectáreas afectadas, el impacto se mide en capas más profundas. Los incendios no solo arrasan con bosque nativo y fauna, sino que golpean economías regionales ligadas al turismo, la producción ganadera y la vida de comunidades que, año tras año, quedan expuestas a un riesgo creciente.
El dato incómodo es que los incendios ya no sorprenden. Los especialistas vienen advirtiendo sobre la combinación de cambio climático, falta de mantenimiento de áreas forestales y escasa inversión sostenida en prevención. Sin embargo, la respuesta estatal sigue mostrando un sesgo reactivo: recursos que llegan cuando el fuego ya está encendido y medidas de corto plazo que no siempre se traducen en políticas estructurales.
Entre la urgencia y la planificación
El avance del fuego también tensiona el debate sobre el ordenamiento territorial y el uso del suelo. En zonas donde conviven áreas protegidas, emprendimientos turísticos y asentamientos rurales, la falta de planificación integral amplifica el daño. La reconstrucción posterior suele ser lenta y desigual, mientras que la recuperación de los ecosistemas puede llevar décadas.
En ese escenario, los incendios en la Patagonia funcionan como un espejo incómodo. No se trata de un evento aislado ni de una catástrofe imprevisible, sino de un fenómeno recurrente que expone límites en la gestión pública y en la forma de pensar el desarrollo en regiones ambientalmente sensibles.
Mientras las brigadas continúan trabajando contra reloj y las comunidades esperan alivio, el fuego deja una señal clara. La discusión ya no pasa solo por cómo responder a la emergencia, sino por si el Estado está dispuesto a asumir que la prevención y la planificación ambiental dejaron de ser un tema secundario para convertirse en una cuestión central de política pública.
